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RECUERDOS: El maestro y yo
Cuando
el reloj de la iglesia daban las ocho campanás, era la hora
en que tos los muchachinos del pueblo nos levantábamos pa ir a la escuela
del palacio, no hacíamos na mas llegar y ya nos tocaba a alguno ir a por
la lata con la lumbre pal brasero del maestro (bien metía la primavera
y aun tenían frío, los muchachinos a joerse claro), una de las
veces que me tocó ir a por ella, a casa de Don Antonio Corbacho, por aquel
entonces veterinario en el pueblo y suegro de Don francisco, me vine con ella
jugando y dando vueltas a la lata cual consumado malabarista, cuando pa mi desgracia
fallé en una de las vueltas y to la lumbre se me vino encima ¿creéis
que me preocupé por si me había quemao?, que va, mi preocupación
fue ni mas ni menos la que me esperaba al llegar a la escuela, pues ni siquiera
se me ocurrió volver a meter las brasas en el tan aparente trasporte para
las ascuas, las dejé allí y salí corriendo pa las caganchas,
temeroso de la paliza que me iba a caer por parte del maestro Don Francisco con
la vara de mimbre, además que si dándote en el culo o donde cayera
la vara se rompía estabas obligao al día siguiente a traer otra
nueva, eso si tenían que ser de mimbre, olivo o encina, que eran las mas
duras, además ese día no me había restregado las cachas
del culo con ajos porros, que era una de las técnicas que usaba para que
no dolieran tanto los palos, aunque el olor a ajo a veces era insoportable, merecía
la pena, porque los palos eran más insoportables aún.
Cuando llegue a caganchas, me metí por uno de los ojos de la pared que
lindaba con la antigua fragua de Isaías, y accedí al regato, para
llegar a un higueral que hay mas arriba. Subio en una higuera pase to el tiempo
que duraba la escuela esa mañana, desde allí oía como salían
al recreo los demás, pero yo encima de la higuera, la hormigas me comían,
pero ni eso me hacía desistir de mis temores a bajar y regresar a ver
al maestro.
Cuando terminó, salieron tos de las aulas y transcurrío un tiempo
según mi creencia prudencial, bajé de mi cobijo en el que había
tenido al menos la fortuna de comerme tres hermosas brevas blancas y me dirijí a
mi casa, pero no por delante de la posible salida de los maestros, no, me fui
por detrás, saliendo a la calleja que va a parar cerca de donde ahora
está el ciber.
Yo creí que ya estaba to solucionao y que esa pequeña aventura
la había resuelto sin problemas, pero casualidades de la vida, al joio
maestro le había dao por irse ese día pa casa por esa misma calle
y casi me doy de morros con el al salir de la calleja, me cojió por las
patillas y estuvo a punto creí yo, de arrancarme toa la cabellera del
tirón que me pegó de las patillas. Me preguntó ¿que
ha pasao con el brasero?, ¿porque no has venio luego a la escuela?, to
esto sin soltarme las patillas, que condenao como tiraba, claro como no eran
las suyas, que manera de chillar, seguro que me oían hasta en Torrequemá.
Yo le contestaba con alaridos de dolor y lágrimas de arrepentimiento,
mientras, con el pensamiento y la mirada puestos en una piedra que había
allí cerca, os juro que si en ese momento la tengo en mis manos le arreo
en la cabeza.
Cuando dejó de hacer las veces de peluquero, comenzó a ejercer
de otorrinolaringólogo, para que no saliera corriendo, soltó una
patilla y me cogió por una oreja y después la misma operación
con la otra, cogido de las dos orejas, volvió a preguntarme ¿me
quieres explicar porqué no has llevado el brasero a la escuela y porqué no
has regresado luego en toa la mañana?. yo sin dejar de gritar porque las
orejas también dolían una jartá, aunque menos que las patillas,
le dije que había vertío el brasero y que luego me daba mieo ir
a la escuela, me contestó que eso no era excusa y que mañana a
primera hora hablaría conmigo.
Joe, yo ya sabía a que se refería con hablar conmigo, pero que
iba a hacer, tenía que asumir el hecho y a mis padres tampoco se lo podía
decir, porque una vez que lo hice me contestó mi madre: algo habrás
hecho y encima me dio dos guantas dignas de los mejores palmeros de flamenco.
Pues nada, a la mañana siguiente otra vez a la escuela, na mas entrar
estábamos tos sentaos cuando entró don Francisco, na más
entrar nos levantábamos tos y le dábamos los buenos días,
el nos respondió, porque eso si mala leche micha, pero con educación,
me miró y me llamó: ven pacá, explica a tos lo que pasó ayer,
yo extrañado porque eso era nuevo me puse a hacerlo, y el cabr..., lo
que pretendía era dar ejemplo a los demás para que ninguno siguiera
mi ejemplo, dadas las explicaciones a todos, me dijo que me agachara, sacó la
vara de mimbre y empezó a darme palos hasta que la vara quebró,
como yo iba preparao pa recibir, ese día me había impregnao to
el culo de ajos porros de la cerca que hay enfrente de mi casa que por aquel
entonces tenía muchos, el tío al verme que no me quejaba al recibir
los palos la mala leche le iba subiendo por momentos, cuando se cansó y
con parte del palo roto, me dio la última en la mano y me hizo un rasguño
que dejó asomar la sangre, poca cosa, pero suficiente para que se le calmaran
los ánimos en cuanto a seguir pegándome.
Me premió con traer el brasero otra vez ese día, pero acompañao
de otro para que me vigilara y con traer una vara nueva al día siguiente.
Que buenos recuerdos tengo de ese maravilloso maestro, con cuanta sabiduría
no enseñó, aun hoy recuerdo a sus padres que tuvieron la dicha
de traerlo al mundo, con cuanta amabilidad le llevaba las varas para que nos
molieran a palos, pero eso si, las brevas que me comí no me las quita
nadie.
Con estas cosas crecimos poco a poco.
Alfonso
Barroso Pérez
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