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RECUERDOS: Las hostias de Don Juan
José
La
mañana que le dije a mi madre que sería monaguillo, ella
se puso mu contenta. Yo no sabía mu bien porqué, pero quería
serlo.
Me había enterado por Jesulín, el de tía Pura "La Guapa",
de que el cura del pueblo, Don Juan José, necesitaba un monaguillo y corriendo
me fui a verlo pa decirle que si podía ser yo, él me contesto que
si, que esa misma tarde fuera al rosario, él me esperaba en la sacristía.
El rosario empezaba a las ocho y yo tenía que estar allí a las
siete, para darme la ropa adecuada y algunas instrucciones.
Entre los consejos del cura y los de los monaguillos que ya eran en todo unos
expertos, fui cogiendole el tranquillo poco a poco a todos los entresijos de
las diferentes celebraciones.
El día más feliz de mi vida (eso creí en ese momento), fue
el día que subí al campanario con el citado Jesulín a tocar
las campanas, ese era uno de los principales motivos de mi repentina "vocación" por
lo religioso, estar tan alto y poder observar los níos de grajas, de cigüeñas,
de cernícalos, en fin, de toda la fauna existente en las alturas, además
de si había oportunidad, por que no, coger algunos níos que estuvieran
al alcance.
En hacer sonar las campanas, me hice un verdadero experto, para cada ocasión
había un toque diferente, de manera que todo el mundo sabía a que
tocaba según el ritmo y sonido, al rosario de una forma, a misa de doce
de otra, a difunto de otra, a fuego de otra, en fin cada cosa con su toque.
Quien realmente me enseñó a tocar bien, fue el Sacristán,
tío Antonio, el si que sabía de toques de campanas.
La primera vez que me mandó el cura a por el vino pa la misa, fue algo
extraño, porque era cargo habitual del sacristán tal cometido,
pero como lo había dicho el jefe había que hacerlo, me dispuse
y acerque hasta la casa de don Juan José, le pedí a la mujer de
tío Eufrasio el vino pa la misa, me lo dio en una jarra de vidrio y me
canteé pa la iglesia, mientras hacía el recorrido de vuelta, la
tentación a probar el vino era más fuerte que el hecho de llegar
con él, tras la puerta trasera de la iglesia, quité un trapo mu
bonito que llevaba la jarra tapando la boca y probé.
Leches, que rico estaba aquello, yo había probao el vino de mi padre a
escondiillas y no sabía igual, este estaba mu dulce, enga otro traguino
y otro, llegó al altar la mitad de lo que me había echao la señora,
lo puse en la bandejina y me metí en la sacristía a vestirme.
Sale el cura preparao pa la misa y yo y Currete tras él, empezó la
ceremonia sin problemas aparentes y yo dandomelas felices porque no sabía
dao cuenta de na. ¿Que no?, durante la misa, de vez en cuando miraba pa
mi cara y yo empecé a temblar, ya veras la que me va a caer encima, me
dije, este tío me confiesa y me manda por lo menos cincuenta padres nuestros,
vente ave maría y cien creo en dios padre. A la hora de la comunión,
cuando se bendice el cáliz, al coger la jarra del vino, su mirada fue
ya lacerante para mi, si hubiera echado fuego por los ojos, seguro que me fulmina,
pero no pasó nada durante el transcurso de la misa, solo las miradas
asesinas.
Acabó la misa, él, se metió en la sacristía para
cambiarse de ropa y yo con mi compañero nos quedamos recogiendo lo utilizado
en la ceremonia, una vez todo listo, nos vamos a la sacristía para cambiarnos
y nada más pasar de las cortinas pa dentro me cayó algo encima
que me tiró al suelo, PLAF, QUE PEAZO GUANTÁ, aún me zumban
los oídos, tengo perdida de audición en ese oído, es probable
que fuera de esa guantá tan destructora, yo creí que me había
caio encima el tablón que aguantaba las cortinas.
Tras esa experiencia, empezó a decrecer mi "vocación" monaguillesca,
hasta tal punto que cuando tenía que ir a la celebración religiosa
del momento, hasta temblaba.
Un día por la tarde, habíamos ido a bañarnos a los molinos,
concretamente a la Silleta (en esos tiempos Los molinos eran un lugar maravilloso
y eran nuestra piscina sus diferentes charcos, la Silleta, el charco el Molino,
el Vaillo, el Charco los Juncos, etc.), y oigo como las campanas empiezan a tocar
al rosario, tenía quince minutos para llegar, pues tocaban y hasta transcurrida
media hora no empezaba el acto, empecé a vestirme a toda prisa, pero de
pronto se vino a mi memoria el estruendo de el tortazo y el dolor que me produjo
tan bestia actitud que me desnudé otra vez y al agua, dejé pasar
el tiempo, me acuerdo que Alfonsito Cortes me decía: madreeeeeee la que
te va a caerrrrr.
Cuando llegué al pueblo ya estaba el rosario a punto de finalizar, esperé a
que acabara, armado de valor y con ajo porro restregao en las dos mejillas, me
dirigí al habitáculo donde suponía me esperaba el cura. ¿Que
creéis, que me preguntó que ta pasao?, pos no, otro manotazo de
antología y el "ruego" de que devolviera la ropa al día
siguiente y no volviera más por allí.
Si es que me metía en ca fregao.
Alfonso
Barroso Pérez
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