Estaba
una mañana observando como los solitarios (los tordos), iban
y venían con el pico cargao pa darle de comer a sus crías, cuando
tuve la feliz idea de subirme al tejao del corral de mi tío Alfonso y
así ver los volandones y si fuera posible, porque ya estaban grandes,
cogerlos.
Dicho y hecho, me subí a la pared no sin antes haber acercao un tronco
que me serviría de escalera para acceder al tejao.
Joe con el tronco, como pesaba, pero como estaba dispuesto a cumplir mi reto
a toda costa, agudice el ingenio y no se como conseguí llevarlo a lo alto
de la pared, lo coloqué estratégicamente y parriba.
Ya estaba en el tejao, empecé a levantar tejas a diestro y siniestro,
daba con los nios, pero como los pájaros estaban ya crecios, se desplazaban
de un sitio a otro temerosos del ruido que escuchaban, para ellos era señal
de peligro.
Después de un gran trasiego por el tejao y de levantar casi toas las tejas,
conseguí coger diez solitarios volandones, los até por las patas
con la cuerda que llevaba y los deslice hasta el suelo del corral.
Una vez en suelo los pajaritos, miré patrás y al ver como había
dejao las tejas, me dije, venga antes de bajar hay que arreglar esto. ¿Y
como leches se colocaban las tejas?, na, eso tenía que ser fácil,
una encima de otra y ya está.
Así lo hice, madre mía, como quedó el pobre tejao, si lo
ve Miró, seguro que hace una copia y le saca partido a esa obra de arte,
totalmente abstracta claro, bajé al suelo no sin dificultad y que sorpresa,
unos joios gatos que habían entrao por el albañal, se habían
puesto moraos a costa mia, solo quedaban plumas, algunas patas y la cuerda, eso
si con el nudo hecho, no se habían molestao en deshacerlo, con el trabajo
que me costó. Me puse a buscar a los mininos, menos mal que no los encontré,
que si no seguro que hubieran corrido una suerte fatal, que mala leche tenía
yo en mi cuerpo.
Desconsolado, me voy pa casa y se lo cuento a mi madre, que unos gatos se habían
comio los solitarios volandones que había cogio en el tejao de tío
Alfonso, mi madre me preguntó ¿donde dices que los habías
cogido?, respondí, en el tejao del corral, me subió allí por
la pared con un madero que había en el corral. No entendía porque
mi madre cambiaba de color, su cara parecía de fuego, pensé que
era por el cabreo que tenía también con los gatos, le dije, no
te preocupes que otro día cojo más.
Por los gatos eh, salió corriendo por el callejón hacia el corral
y se puso a mirar el tejao, mira, na más ver el tejao, su reacción
fue de lo mas extraña pa mi, me dio una paliza que no olvidaré jamás
y cuando venga tu padre te vas a enterar, me dijo.
Yo la verdad es que esperaba que mi padre sería mas comprensivo y entendería
que mi intención había sido coger los pájaros pa comérnoslos,
y que además me esforcé en arreglar el tejao.
Llegó mi padre, mi madre se puso a explicarle todo lo acontecido, yo expectante
a ver si su cara se encendía también o no, cuando ví que
no, respiré tranquilo, se limitó a decirme: ven conmigo.
Yo fui tras él, miró las tejas, y sin mediar palabra por lo pronto
me soltó una guanta en la cara que me retumbó el oído, creo
que aun siento aquel zumbío, tras la guantá, me dio una pata en
el culo que estuve sin poder sentarme dos meses, era la primera vez que mi padre
me ponía la mano encima, no se lo aconsejo a nadie.
Mi padre tuvo que pagar al albañil para que le corriera el tajao a mi
tío, a mi me quitaron la roanga y el tiraor y los gatos los joios no tuvieron
castigo de ninguna clase.
Con estas cosas crecimos poco a poco.
Alfonso
Barroso Pérez