¿Por
qué? Parecían preguntarnos sus hermosos y dulces
ojos negros, enmarcados por unas cejas espesas llenas de sangre,
la misma sangre que manaba de las heridas de la cabeza y había ensuciado
su turbante y su túnica de seda, pegado los rizos de la cabeza y
escurrido por la amplia frente y la cara hasta la nariz chata y ancha.
Los labios muy rojos, se habían hinchado con los golpes y le dificultaban
el habla, a pesar de todo sonreía dulcemente dejándonos ver
una fila de dientes que llamaron mi atención por su blancura, que
contrastaba con lo oscuro de su piel.
El médico le pidió que se desnudara para seguir la exploración
y hacer el parte, que yo debía después acompañar a la denuncia.
Su cuerpo era el de una persona atlética con una espalda ancha y musculosa
y el vientre plano. Me fijé en que no tenia vello pero sí una
piel muy brillante y tersa. Tanto el cuerpo como sus brazos y piernas, también
musculados y fuertes, presentaban moratones y huellas de los palos
con los que le habían golpeado.
Le pregunté por hablar de algo que cual era su profesión:
- me dedico a hacer felices a los niños.
Pensé que sería seguramente un feriante de esos que llevan
sus tiovivos de ciudad en ciudad, de ahí lo exótico de sus ropas,
pero me extrañaban sin embargo sus ademanes y palabras que parecían
de alguien con una gran cultura.
- ¿Cuantos años tiene? Le preguntó el médico,
- muchos más de los que piensan, a ustedes los conozco desde que eran
niños a usted, dijo y me señaló con el dedo, le encantaba
jugar con coches de policía y al doctor le gustaba muchísimo
leer novelas de historia.
El médico me miró e hizo un gesto como indicándome que se
le había ido la olla con los golpes, pero el caso es que había
acertado, seguro de casualidad, con lo de los coches.
El hombre continuó hablando: saben ustedes, a esos muchachitos vestidos
de negro y con las cabezas rapadas, que me asaltaron esta noche en el parque
cuando haciendo mi trabajo me despisté de mis compañeros, también
los conozco y no hace tanto que besaba sus caritas tal noche como la de hoy.
Siempre fueron buenos chicos, por eso no entiendo que ha sucedido para que alberguen
en sus corazones ese odio y esa violencia contra los marginados y las personas
de color diferente al suyo, yo nunca les regalé ese sentimiento, todo
lo contrario.
Definitivamente al pobre hombre se le ha ido la "olla", pensé,
y le pregunté su nombre para anotarlo en la ficha. Mirándome con
una gran ternura me contestó:
- ¿no te acuerdas de mí, Miguel? Soy el rey Baltasar.
© María
del Rosario Villar Laberti cc-5805