Rafael
ayuda a sus padres y a sus hermanos mayores en el horno de la pastelería, unas
veces batiendo yemas con azúcar, otras poniendo una almendra en el centro
de las perrunillas que hace su mamá, otras cortando y despegando del mármol
los caramelos y envolviéndolos luego en papeles de celofán,
aunque a veces se quema los dedos por que la pasta aún está caliente.
Le gusta colaborar con la familia, además siempre le compran algo
como pago de estas ayudas: un libro de cuentos, un disco, una linterna
para cuando va de campamento... y él se siente orgulloso de ganarse las
cosas con esfuerzo.
Esta mañana, cuando ha sacado del obrador a la tienda la bandeja de pasteles
para que su hermana Ana, que está a cargo de la tienda, los colocara
en el mostrador, ha visto pegada al escaparate una carita redonda, con el pelo
rizado y oscuro y unos ojos muy grandes y muy negros que parecían querer
comerse el cristal y a su lado una mujer también morena
muy guapa, con un pañuelo a la cabeza, pero ella no miraba al escaparate sino
al niño y Rafael ha visto también que estaba triste, e incluso
le ha parecido que lloraba.
- Ana ¿Por qué no entran a comprar?.
Su hermana, que estaba afanada en colocar los pasteles, ha mirado hacia donde
Rafael señalaba e inmediatamente ha salido a la puerta y cogiendo al
chaval de la mano los ha invitado a que pasaran:
- Elegid lo que queráis, no tengáis reparo, no os voy a cobrar
nada.
El niño, con cara de felicidad y ojos golosos ha dicho:
- Yo quiero ese pastel de crema, y ese caramelo grande, y una chocolatina
y un paquete de gominolas, y...
- basta mi amor, le ha dicho la señora, no debemos abusar de la generosidad
de la buena gente.
Ana no obstante, le ha dado al niño todo lo que pedía.
- y a usted, señora ¿no le apetece nada?.
- no gracias, mi marido nos está esperando en la esquina y ya
vamos con retraso, tenemos que volver a nuestra tierra, vinimos buscando
trabajo y no hemos tenido suerte además (dijo bajando la voz para que
el crío
no la oyera) hace dos días un matrimonio sin hijos nos ofreció dinero
por quedarse con el niño , por supuesto no aceptamos pero ellos no parecían
dispuestos a admitir la negativa y mi marido y yo tenemos miedo de que se hayan
encaprichado de el, hemos visto que nos perseguían y no queremos que nos
lo roben,
- de todas formas espere, le ha dicho Ana, y le ha preparado un paquete con empanadas
y dulces: tenga es nuestro regalo de Navidad, tendrán que comer algo en
el viaje.
La señora le ha dicho al niño que nos diera las gracias, y luego
acercándose a nosotros, nos ha dado un beso que me ha parecido tan dulce
como los que nos da mamá, después se han marchado.
- Rafael, me ha preguntado Ana ¿no te han parecido?...
- yo creo que sí Ana que eran ellos, y movido por un impulso
extraño me he acercado al belén que adornaba
el escaparate, pero en el portal ya no había nadie.
© María
del Rosario Villar Laberti cc-5805