Hacía ya unos meses que venían produciéndose aquellas misteriosas
desapariciones. Todo se volvía:
- ¿mamá has visto mi camiseta blanca?.
ó bien:
- ¿alguno habéis visto mi pantalón de pijama?.
La verdad, las cosas que desaparecían eran siempre pequeñas
y bastante usadas, pero muchas de las indumentarias eran aquellas a las
que más cariño le teníamos. Eran esas que están llenas
de remiendos, pero con las cuales nos sentimos comodísimos.
Uno de aquellos días, les repetía a Juan y Elvira (Mis
dos hijos mayores) por enésima vez que no sabía donde estaban
sus ropas perdidas:
- ¡sois unos desordenados! así que no me extraña lo
más mínimo que no encontréis las cosas (aunque pensándolo
bien yo también debía serlo, pues últimamente había
perdido el delantal y una camisola que utilizaba para estar cómoda
en casa) el día que os decidáis a colocar los armarios como Dios
manda seguro que aparece todo de golpe.
En esta discusión estábamos cuando Ángel
dijo:
- yo sé donde está vuestra ropa.
- donde enano, si puede saberse, Seguro que tú la has escondido o la has
utilizado para fabricar algún invento de los tuyos.
- yo no soy ningún enano, Juan, y además no he cogido vuestras
cosas, se las ha comido Telín
- ¿y quien es Telín? algún perro vagabundo como si lo viera ¡Mamá dile
a este niño que deje de recoger bichos de la calle, que luego mira lo
que pasa!.
- que no es un perro; Elvira, que es un fantasma que saca la ropa vieja del cesto
de la plancha y se la come.
- ¡Bueee...! lo que faltaba este niño está de psiquiatra,
pues no dice que ha visto un fantasma, Los fantasmas no existen enano.
- que no me llames enano ¡so imberbe!.
- ¿que me has llamado pitagorin?.
- ¡silencio, se acabó la discusión! Ángel hijo los
fantasmas no existen, probablemente hayas tenido un sueño, de esos
en los que todo parece tan real que se nos queda grabado en la memoria.
- que no mamá que es cierto, a Telín lo conocí anoche.
Sentí un ruido en la cocina, me levanté pensando que era
un gatito que se habría colado por la ventana, ya sabes la ilusión
que me hace tener un gato, así que me acerque sigiloso para no asustarlo y
de pronto ¡zas! allí estaba Telín con uno de mis calcetines
en el agujero de la sábana que le sirve de boca, al verse descubierto
me pidió por favor que no dijese nada, que me contaría su historia
para que yo juzgara si era un ladrón, que quedaríamos hoy a
las doce y media en la cocina, anoche no pudo hacerlo, se tenía que ir
por que había quedado con un amigo en el más allá.
- pero que imaginación tienes Angelito, yo creo que Juan tiene razón
mamá, deberías llevar al peque a un psicólogo.
- bueno ya está bien, cada uno a sus quehaceres.
- ¿mamá quieres venir conmigo esta noche a mi cita con Telín?
no creo que a el le importe mucho y así verás con tus propios ojos
que es verdad lo que te estoy contando.
La verdad es que le dije que sí a Ángel, pensando que su desilusión
sería menor, si al comprobar que todo había sido un sueño
yo estaba a su lado, cuando los hijos son pequeños eso consuela mucho,
aunque cuando crecen, les molesta recibir la más mínima caricia.
A las doce y veinte me levanté para recogerlo en su habitación,
Pepe mi marido se despertó.
- ¡pero donde vas a estas horas Elvi!.
- a beber agua, tengo sed, duérmete que vuelvo enseguida.
Si le hubiera dicho lo del fantasma seguro que habría querido venir, a
el esas historias le chiflan, pero yo no estaba segura de sí a Ángel
le parecería bien que se lo dijera a su padre.
Cuando llegamos a la cocina eran casi las doce y media, al segundo sentimos un
ruidito en el balcón y de pronto... allí estaba el fantasma con
su sábana blanca e impecable. A mí al pronto, me entró una
taquicardia que para qué y unas ganas de gritar, que contuve por que me
di cuenta de lo intempestivo de la hora, y de que todo el vecindario estaría
dormido. Ángel hizo la presentación:
- esta es mi mamá, Elvira, espero que no te importe que la haya traído
es que nadie me creía cuando dije que había visto a
un fantasma, y como ella es una persona mayor y de fiar...
- no, no me importa, soy Telín señora, encantado. Y me tendió uno
de los picos de su sábana, yo amarrándolo musité:
- tanto gusto.
- pues bien, dijo el espectro, ayer prometí a Ángel que le
contaría por qué me como la ropa, así que cumpliendo
lo que prometí, comenzaré diciendo que habito en este lugar
hace 100 muertaños.
- ¿muertaños? comentó Ángel exteriorizando
lo que los dos pensábamos.
- si, el tiempo en el más allá se mide en muertaños.
- ¡ah!, dijimos los dos a la vez.
- bien pues hecha esta aclaración, prosigo si ustedes quieren, asentimos
con la cabeza,
antes, este lugar era una fábrica de tejidos que regentaba el señor
Pérez y Pérez. Aquí se traían: lana, seda, lino,
algodón... y salían convertidos en las mejores telas que se hayan
fabricado nunca. Yo, por entonces, comencé a aficionarme a comer los restos
de las fibras que quedaban en los rincones. Una noche que el señor
Pérez y Pérez se había quedado a trabajar hasta tarde, se
encontró conmigo, que solía venir como hoy a las doce y media.
El señor Pérez y Pérez no se asustó, cosa que
me resultó extraña, pero él me explicó que ya se
había topado algunas veces con otros colegas que venían por
aquí aunque se habían marchado por que no les convencía
el sitio. Charlamos durante un buen rato, y al confesarle yo mi afición
a comer restos de tejidos, me preguntó él, si no me importaría
comerme también los restos que se quedaban entre los telares, yo le contesté que
si no lo había hecho antes era por miedo a estropearlos, pero que lo haría
con mucho gusto si el me lo pedía. A partir de ese día mi sábana
fue la envidia del más allá, pues comer los restos de tejidos hacía
que estuviera fuerte y como recién estrenada, a cambio las máquinas
de Pérez e Hijos eran las más limpias de todas las fábricas,
yo me encargaba de ello.
Un buen día, el señor Pérez se pasó al lado de acá,
pero eligió un castillo de escocia para instalarse, me dijo cuando
se despidió de mí, que quería cambiar de aires.
Sus hijos
vendieron la fábrica y en su lugar construyeron este edificio.
Al principio viví de los ahorros de restos que había acumulado,
con ellos he tenido hasta hace tres meses, pero al agotarse... a mí no
me gusta robarles la ropa, pero tengo que comer, compréndalo.
Ángel y yo escuchábamos con la boca abierta.
- ¿y qué podemos hacer? preguntó mi hijo.Y nos miraba
a Telín y a mí alternativamente.
- yo, dije, si usted quiere puedo dejarle la ropa que se vaya quedando en desuso,
en este rincón de la cocina y así no tendrá que comerse
la ropa nueva.
- muchas gracias, me parece estupendo, contestó Telín y añadió,
si a usted le parece bien seguiré pagándoselo de la forma en
que he venido haciendo hasta ahora. Yo, aunque me esté mal él decirlo,
soy muy honrado y me gusta pagar lo que me como.
- me parece estupendo, le dije, (aunque no tenía ni idea de a qué se
refería, pero me pareció una descortesía preguntar algo
que el daba por hecho que yo debía saber) sellamos nuestro pacto con un
apretón de mano-sábana y nos despedimos quedando para vernos de
vez en cuando.
Luego, cuando repasaba en la cama los acontecimientos, caí en la cuenta
de que, desde hacía tres meses los calcetines del cesto de ropa siempre
estaban emparejados.
© María
del Rosario Villar Laberti cc-5805