La
mujer que había llamado a la comisaría, estaba en la salita según
me indicaron los compañeros. Me dirigí hacia allí y la vi
sentada en una silla, la mirada perdida y los labios en una mueca mezcla de miedo
y asco. Era muy joven, tendría unos veinticuatro años, me llamó la
atención lo delgada que estaba así como lo que me pareció un
tic nervioso que consistía en tamborilear en su mejilla con los dedos
de la mano izquierda.
- Le hemos dado un sedante, a mi parecer no está en condiciones de
declarar, dijo el policía que se sentaba a su lado, creo que se llama
Manuel, es un joven recién llegado a comisaría y no he tenido tiempo
de conocerlo bien.
Lo aparté un poco de la mujer y en voz baja le dije:
- De acuerdo lo dejaremos para más tarde, cuando esté más
tranquila, infórmela de que si quiere puede irse a su casa pero que le
deje todos los datos y dígale también que tiene que estar localizada
en todo momento para cuando la llamemos a declarar.
Me dirigí al lugar donde habían encontrado el cadáver,
tuve que bajar una escalera oscura que desembocaba en un sótano sin luz
directa, ventilado por unas rejillas que comunicaban con el exterior a través
de un sistema de sum. Me acerqué mientras mis pupilas se acomodaban a
la escasa iluminación que procedía de una bombilla colgada en el
techo, el sargento me señalo con un gesto de cabeza el lugar exacto y
de pronto me pareció que mis neuronas no eran capaces de absorber tanto
horror, que mi cerebro, acostumbrado a procesar imágenes terribles, se
negaba a devolverme aquella que ahora contemplaba, un puño empujaba fuera
de mi estómago el bocadillo que acababa de ingerir y subí corriendo
hacia el exterior para vomitar. Cuando regresé el sargento Villar me esperaba
en la puerta de entrada con una mirada que decía, que no era la primera,
que había alguno más había vomitado aquella mañana.
- Como puede alguien..., Dios mío es dantesco, lo siento es la primera
vez que me sucede esto, dije limpiándome la boca con un clinex, me está costando
asimilarlo.
- Si quieres pedimos que te releven del caso. La mirada del sargento, que
era casi siempre más expresiva que sus palabras, me estaba diciendo que
ya sabía que esto sucedería tarde o temprano porque las mujeres
no estamos hechas para según que cosas. Pero yo no pensaba darle la razón
a su mirada y le contesté con firmeza.
- No, no será necesario, donde está la mujer, quizás
si nos cuenta por qué lo hizo podamos entender este horror. Enfilé el
pasillo y regresé al lugar donde antes estaba la muchacha que había
dado el aviso y que ya se había marchado.
La salita estaba muy bien iluminada. Por un ventanal, que daba al patio, se
filtraba la luz a través de unos visillos de color crudo con un bordado
de rosas en un tono más claro. Estaba amueblada con dos sillones y un
sofá de cretona clara estampada en flores azules, una mesa de madera rústica
y un mueble de roble macizo con baldas, en ellas había colocados diversos
adornos así como libros, un aparato de música y un televisor de
pantalla plana, las lámparas, tanto la del techo como la que estaba encima
de una mesita adosada al sofá, que también servía de apoyo
a unas cuantas revistas y un libro abierto y colocado boca abajo, eran de cristal
de colores. Había también una camarera con bebidas y vasos. Me
gusta mucho fijarme en la decoración de los lugares donde se producen
los hechos, a menudo dicen bastante de los criminales y de las víctimas,
aunque el sargento Villar suele decir, cuando lee mis informes, que se debe a
que soy mujer.
La dueña de la casa entró en la salita. Era guapa y se movía
con elegancia, tenía unos preciosos ojos azules, estaba perfectamente
maquillada, con los labios pintados de rojo, los ojos bien perfilados y el pelo,
de color rubio, recogido en la nuca con un moño, vestía un
traje de chaqueta de lino de color rosa suave, las únicas joyas que llevaba
eran una alianza y un anillo de oro blanco y amarillo con dos perlas de pequeño
tamaño en los dedos y unos pendientes a juego, Pensé que era la
mujer apropiada para aquella salita.
Me saludó y me indicó que me sentara como si estuviera recibiendo
a una visita, me pareció que tenía perfecta conciencia de lo que
había hecho y me retaba con la mirada y los gestos a que la provocara
para contármelo.
- Debo decirle que tiene derecho a permanecer en silencio o a responder a
lo que le pregunte en presencia de un abogado, así que si lo desea podemos
llamarlo y esperar a que llegue.
- Yo soy abogado teniente, sé perfectamente cuales son mis derechos,
así que puede empezar cuando quiera.
- En ese caso ¿podría decirme como se llama?.
- Julia Manrique Sorolla.
- Le importaría decirme su edad.
- 38 años.
- ¿Es usted española?.
- No, nací en Edimburgo, mi padre era profesor de Español en la
universidad, pero cuando tenía diez años nos volvimos a la ciudad,
a mi padre no le sentaba bien el clima, piensa seguir dando rodeos o me va a
preguntar ya por el motivo principal de su interrogatorio.
Me pilló de sorpresa, no sólo estaba perfectamente lúcida
y tenía conciencia de lo que había hecho sino que no se molestaba
en disimular el más mínimo arrepentimiento.
- Pues ya que es usted la que no desea preliminares cuéntenos como
sucedió.
- Me case hace doce años, con un hombre al que amaba con locura. Antes
de casarnos me advirtió que no quería tener nunca hijos, que si
así sucediera me abandonaría. Me pidió que me lo pensara
un tiempo porque no quería obligarme a hacer nada de lo que luego pudiera
arrepentirme. En ese momento me dio igual, lo único que quería
era estar a su lado. Pasó algún tiempo, empecé a desear
tener hijos, pensé que lo que había dicho antes de casarnos era
algo pasajero y que si me quedaba embarazada, seguramente aceptaría a
nuestro hijo, así que dejé de tomar anticonceptivos y el mismo
día que me anunciaron que estaba embarazada, cuando llegó a casa,
me pidió que viniera con él a la salita donde ahora estamos por
que quería hablarme de algo en lo que llevaba pensando unos días,
mientras tomábamos una copa tuvimos una conversación acerca de
la conveniencia de que uno de los dos debía esterilizarse y yo, que había
preparado una cena romántica con velas, flores y música suave para
darle la noticia de mi embarazo, tuve que inventar una excusa sobre la marcha
para que no se diera cuenta de nada, le dije que todo aquello se debía
a que cada día estaba más enamorada de él y quería
demostrárselo con aquella fiesta, aunque la verdad era que en ese momento,
lo odiaba con toda mi alma por lo que acababa de decirme.
Procuré en los meses siguientes ocultar mi embarazo, no tenía
intención de abortar por que esperaba que cuando la criatura naciera,
la quisiera. Él ocupado en su trabajo casi no se dio cuenta de nada, un
día que me dijo que me notaba más gordita, salí del paso
diciéndole que había tenido un esguince en el tobillo y el médico
me había recetado corticoides que me habían hinchado un poco.
Pasó algún tiempo, yo había salido de cuentas, una noche
llegó a casa después de un viaje de tres días, y me dijo
que se había hecho la vasectomía, ya que no había visto
en mi intención de tomar ninguna medida, entonces me puse muy furiosa
y le pregunté por qué aquella insistencia en no querer hijos.
- En mi familia existe una tara, la mayoría de mis hermanos murieron
a los pocos minutos de nacer, mi hermana y yo somos los únicos supervivientes
de los once hijos que tuvo mi madre, yo no quiero pasar por ese trance.
- No quise creerle, estaba segura de que mi hija nacería sana. Habían
pasado sólo cinco días desde esta conversación, él
había vuelto a marcharse a uno de sus muchos viajes de negocios, y me
sobrevino el parto. Me había preparado a conciencia, por que quería
tenerlo en casa, sola, sin que nadie se enterara, así que subí a
la habitación, me lavé, me tumbé en la cama en la posición
correcta y empujé. El parto fue muy bueno, la niña salió rápida
y lloró enseguida, la puse a mi lado, até el cordón y corté lo
que sobraba y volví a empujar para que saliera la placenta, la examiné como
había aprendido en los libros y vídeos que había estudiado,
y comprobé que no le faltaba ningún trozo.
Cuando terminé la operación, me volví para coger a mi hija,
era una preciosa niña con los ojos azules y una piel blanca como la de
su padre, cuando la vea la querrá pensé y en ese momento la niña
dejó de respirar. Mi primera intención fue llamar al hospital,
pero luego pensé que yo no tendría más hijos y los deseaba
tanto... la lavé le puse la ropita que había escogido para su primer
día y bajé con ella al sótano, mi marido no utilizaba jamás
el congelador, decía que eso era cosas de mujeres, la mujer que nos ayudaba
en las tareas tampoco, era claustrofóbica, todo era perfecto para mi plan,
así podría verla y tenerla conmigo. No me he arrepentido nunca
de mi decisión, desde que nació me he sentido menos sola, ¡pasamos
tanto tiempo sin su padre!.
Cuando se jubiló la señora que me ayudaba puse buen cuidado en
elegir a alguien a quien le diera miedo los sitios cerrados, cómo iba
a imaginar que su psicólogo le había puesto como terapia para que
hiciera lo que nunca debería haber hecho, pobre muchacha ya no podrá curarse
nunca.
Soy culpable, sí, pero no de la muerte de mi hija, con respecto a la decisión
de tenerla conmigo para siempre, el juez deberá dictaminar si es un delito
y a ustedes les corresponde obtener las pruebas para ello, y ahora si no me necesitan,
estoy muy cansada.
Por cierto mi marido está fuera, cuando lo localicen díganle que
lo sigo queriendo y cuéntele despacio lo que ha pasado, por que él
no sabe nada y se impresiona fácilmente.
© María
del Rosario Villar Laberti cc-5805