Le
pondremos Gaspar, dijo su madre el día que nació, que precisamente
fue el seis de enero. Su hermano mayor, Francisco, cuando lo supo dijo que era
un nombre insulso ,su padre lo miró asustado por que era muy supersticioso
y decía siempre que los nombres tenían mucho que ver
con el carácter de la persona.
Pasó el tiempo y las palabras de Francisco parecían haberse vuelto
premonitorias, Gaspar era un niño tranquilo, quizás demasiado,
no tenía iniciativa, siempre jugaba a lo que su hermano quisiera, se
conformaba con cualquier cosa. En el colegio se portaba bien y atendía
en clase, pero nunca destacaba en ninguna asignatura, ni hacía travesuras
como los niños a su edad.
Tenía un solo amigo, Juan, hijo de un panadero que se había quedado
en paro cuando cerraron la tahona donde trabajaba y llevaba dos años presentándose
en panaderías y pastelerías para ver si lo contrataban.
- No podré llevarte ningún regalo le dijo el día que
Gaspar lo convidó a su casa,
- no importa contesto Gaspar, me conformo con que el día seis de Enero
vengas a celebrar mi cumpleaños, eres mi único amigo y
me hace mucha ilusión celebrarlo contigo.
Llegaron las Navidades y el día cinco Gaspar salió con sus
padres y su hermano a ver la cabalgata. Cuando el rey tocayo pasó por
su lado aprovechó para pedirle sus regalos mentalmente (de todos es sabida
la telepatía de los reyes que para eso son magos) La carroza del
rey se paró a su lado y el niño vio como le guiñaba un ojo
y sonreía.
El día de reyes por la mañana, nadie en casa de Gaspar
daba crédito a lo que estaban viendo, el niño sonreía feliz
contemplando el único regalo que tenía en su zapato mientras el
de Francisco rebosaba. Sus padres se preocuparon seriamente ¡este niño
era el colmo de la conformidad y la falta de ambición!.
En casa de Juan no había absolutamente nada en los zapatos, pero el
estaba contento por que Gaspar le había invitado a su cumpleaños,
su amigo era su mejor regalo. Llamaron a la puerta y abrió el padre de
Juan. Un chiquillo colorado y con la respiración agitada le preguntó si
vivía allí Juan Rodríguez y cuando este asintió soltó su
retahíla:
Vengo de parte del dueño de la pastelería de enfrente, que
si quiere empezar a trabajar venga conmigo ahora mismo que está contratado,
dése prisa por favor no damos abasto con los roscones.
Gaspar tuvo ese año un enorme roscón de reyes para su cumpleaños,
venía con una enorme tarjeta de felicitación, aunque en casa no
supieron quien lo había enviado, cuando fue a comer su trozo encontró dentro
un colgante de oro en forma de corona, con una inscripción:
Los niños generosos siempre encuentran su recompensa.
© María
del Rosario Villar Laberti cc-5805