Nunca pensé que
a mí, pudiera ocurrirme.
De pequeño fui un niño tímido. Me costaba mucho
trabajo relacionarme y hacer amigos, prefería la compañía
de los animales. Tenía un pastor alemán, Mahoma, con el que salía
a pasear al parque del barrio todas las tardes. Solía sentarme en un
banco a leer, era muy aficionado a las novelas de aventuras y mientras él
correteaba un rato jugando con los niños, al contrario que yo, era
muy sociable y hacía enseguida amistades, bastaba con que se acercara
a cualquiera y le mirara con su carota dulce de ojos grandes para que lo
acariciaran y le dieran alguna golosina, yo lo dejaba hacer pero si alguien me
preguntaba algo sobre si el perro era mío, contestaba con un seco sí poniendo
cara de ogro, el interlocutor desistía de preguntarme nada más
y se alejaba.
Además de mi fiel Mahoma, tenía un acuario con peces diversos y
una pareja de hámster, Pixi y Dixie, que eran el suplicio de mi madre
por que de vez en cuando se escapaban de la jaula y había que encontrarlos
antes de que se comieran un trozo de alfombra o el cable del teléfono,
entre todos ocupaban mi tiempo de ocio.
Mi madre enviudó antes de nacer yo, por lo que tuvo que criarme sola, se
inquietaba mucho por mi carácter solitario y hacía todo lo
posible por que tuviera algún amigo: invitaba a merendar a los hijos de
sus amigas que rondaban mi edad, ó me instaba para que invitara a casa
a mis compañeros de colegio. Pero yo, odiaba tener que compartir mis cosas
con desconocidos, e incluso jugar a lo que ellos querían para no ser descortés.
A la mayoría no les hacían gracia los animales y miraban
a "mis amigos" con asco ó desprecio y a mí eso no me
gustaba. Así pasaron mis años de infancia, sin que hubiera sido
capaz de encontrar ni un solo amigo de esos que se llaman del alma.
La adolescencia me llenó de dudas e inquietudes como a todos los muchachos.
Crecí mucho y adelgacé, la cara se me llenó de espinillas,
e incluso pude probar cómo las manos me sudaban y la sangre corría
veloz enrojeciendo mis orejas, latiendo en mis sienes e hinchando mis genitales
cuando Martina, una compañera de clase que me gustaba mucho, pasaba a
mi lado.
Fue por entonces cuando tuve mi primer amigo, Antonio, un colega de clase totalmente
diferente a mí, era muy simpático, hablaba por los codos y tenía
amigos hasta debajo de las piedras.
Una mañana se me acercó y me invitó a la fiesta de su cumpleaños:
-tengo la costumbre de invitar a todos los compañeros de clase, será mañana
a las ocho en el jardín de mi casa, por si te apetece ir, aquí tienes
escrita la dirección- y me alargó un trozo de papel con sus
señas.
No sé si fue por que me gustó que por primera vez alguien
me hablara de forma tan amigable o por que pensé que mi madre se
pondría contentísima o quizás por que me enteré que
Martina también iría, el caso es que al día siguiente a
la hora concertada, me presenté en casa de Antonio (una casa muy grande
con un jardín inmenso) con un regalo comprado por mi madre.
Antonio se portó estupendamente conmigo, me presentó a todo el
mundo y me sirvió una copa de vino. Yo debido a mi timidez, y por si le
parecía mal al anfitrión no me atreví a rechazarla ni a
decirle que no había probado el alcohol en mis diecisiete años
de vida. Así que me tomé la copa y luego otra, que me sirvió otro
amigo y comencé a sentirme muy bien, mi timidez desapareció y
no me costaba trabajo alguno charlar con unos y otros e incluso me atreví a
acercarme al grupo de Martina y la invité a bailar, ella aceptó y estuvimos
juntos toda la fiesta, al final hasta la acompañé a su casa o para
ser sinceros debería decir que me acompañó ella a mí.
Mamá ya se había acostado cuando llegué y cuando me
preguntó desde la cama que tal había ido todo, le contesté que muy
bien procurando que no se me notara la leve borrachera que traía.
A partir de ese día comencé a salir más, eso sí,
antes de salir de casa me tomaba una copita, me procuré una botella de
wisqui en el súper de la esquina (siempre había alguno de los mayores
dispuesto a comprar lo que necesitáramos a cambio de una compensación) para
que mamá no notara la falta de bebida del mueble bar, y la escondí en
un lugar seguro en mi habitación. Era una tontería preocuparla
por una copita de nada, ella no entendería que con eso yo podía
vencer mi timidez, luego en la calle me tomaba otras dos o tres. Tenía
un éxito enorme con las chicas, todas querían sentarse a
mi lado y escuchar mis chistes. Yo estaba encantado con mi éxito, mi fama
de enrollado se extendió incluso al curso superior y todos me invitaban
a sus fiestas. ¡Figúrate! yo que había sido una cucarachita
a punto de ser pisoteado por todos y ahora...
Mi madre empezó a quejarse de que no estaba nunca en casa y de que
la abandonaba a ella y a mis, hasta entonces, fieles amigos de los que tenía
que hacerse cargo, así que los regalé todos, incluso mi querido
Mahoma fue a parar a casa de unos primos que vivían en el pueblo ¡cómo
lloraba el día que se lo llevaron!.
Ahora ya no tengo nada ni nadie de quien ocuparme. A mis treinta y cinco años
soy un hombre viejo. Trabajo como administrativo en la empresa de ordenadores
que montó Martina, hoy brillante informática. Ella es la única
que ha aguantado los fallos continuos a mis obligaciones. Unas veces me
disculpa ante los compañeros diciéndoles que no estoy bien
de salud y otras suple ella mi trabajo, después me llama a su despacho
y me insta a que ponga remedio a mi situación antes de que sea demasiado
tarde. Sé que lo hace por que me quiere, y que por eso me contrató cuando
vine a que me contratara. Antes trabajé en otras cuatro empresas de
donde terminaron despidiéndome.
Pero voy a ser valiente y a afrontar la decisión que he tomado,
se lo he prometido a los únicos amigos que me quedan, Martina y Antonio,
y seguro que mamá me está mandando fuerzas desde allí donde
está,
la pobre intentó tantas veces cuando vivía que diera este paso.
Me tiemblan las manos más de lo habitual, marco el número
que viene en la guía, escucho el tono de llamada, me entra miedo y cuelgo,
vuelvo a descolgar el teléfono, si no lo hago me lo voy a reprochar el
tiempo que malviva, marco de nuevo y espero. Por fin alguien contesta al otro
lado de la línea:
- Institución para la rehabilitación de alcohólicos, ¿qué desea?.
© María
del Rosario Villar Laberti cc-5805