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sobre Torremocha (Cáceres)  
     
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 CARIÑO Y GRATITUD 
 PARA MIPUEBLO 

Poesía leída por su autor al pueblo de Torremocha desde el balcón del Ayuntamiento en el fervoroso homenaje que le rindió la villa con el título de HIJO PREDILECTO el 22 de octubre de 1941, año de sus Bodas de Oro sacerdotales.

No podrá mi palabra en estas horas, de recuerdos sin fin evocadoras que señalan las rutas de mi vida, reflejar la emoción que el alma siente al unir el pasado y el presente de la senda en los años recorrida.

Porque vuestro homenaje me convida a repasar las hojas de mi historia para buscar en ellas un rastro meritorio, cuyas huellas pudiera conservar vuestra memoria, que os creyera deudores obligándoos a darme estos honores. Y en mí no encuentro un rasgo culminante, personal eminencia ni valor relevante, sino gran pequeñez e insuficiencia. ¿Qué es, pues, lo que este obsequio determina? Sólo una causa poderosa y fuerte, que os mueve a distinguirme de esta suerte y que en estos honores hoy culmina; respondéis con cariño al amor que en mí visteis desde niño.

Lleno de gratitud recibir quiero tales honras con gozo verdadero. Si me hace ser mi cualidad sencilla el menor de los hijos dela villa, por mi ferviente amor soy el primero.

Nací para quererla y admirarla; su sol radiante iluminó mi cuna, a la que Dios me trajo, y quiso protegerla y custodiarla, lejos del esplendor de la fortuna, cerca de lavirtud y del trabajo.

Aquí se despertó mi inteligencia, se abrieron a la vida mis sentidos, y la edad transcurrió de la inocencia resbalando feliz en la inconsciencia de los años dormidos.

No se borran jamás las impresiones primeras que en la vida se reciben; y se graban por siempre las lecciones que en los sencillos, tiernos corazones de laniñez se escriben.

Ciencia y amor perfilan el camino que encauza de los hombres el destino; ciencia de la verdad, que es luz y guía, pan del entendimiento; amor del bien, que es fuerza y armonía, del corazón sustento.

La santa escuela de un hogar cristiano, donde en perpetuo y fraternal servicio vivieron la honradez y el sacrificio, nutrió mi ser del alimento sano de ese amor y esa ciencia, los primeros trazos marcando ya de mis senderos.

Así aprendí las letras; y entretanto, llenaba mis sentidos con su encanto la espléndida belleza de que ornó la gentil naturaleza nuestra fértil campiña, con su manto cubierta de verdores, de extensas vides y pomposas flores.

¡Con qué dulce, insinuante poderío me arrullaban las vegas de su río, de sus limpios arroyos las corrientes, las aguas cristalinas de sus fuentes, bajo el palio sombrío brotando sonrientes de espesos venerandos olivares y de recios antiguos encinares, sobre llanos de mieses espigadas y colinas de césped alfombradas, con pájaros tenores del paisaje melodiosas tonadas cantando en el canchal o entre el follaje; y a lo lejos la vista peregrina de la villa, que amante se reclina con ojos de ventanas placenteras del humilde Salor en las riberas, sobre la cual domina la Iglesia parroquial que la preside, donde el Señor reside, Padre y Juez soberano que a todos nos sustenta con su mano, y por igual a todos pesa y mide.

Villa noble, que advierte la mirada por piadosas ermitas flanqueada, defensa de su fe, y ejecutoria que labra en piedras su cristiana historia.

Villa que en su recinto me ofrecía a los rayos del sol y de la luna la sencilla poesía que sus calles y plazas, una a una, en mi visión de niño embellecía; donde el calor sentía del cariño de tantos corazones de jóvenes, de niños y de ancianos que montaban sus grandes ilusiones en llamarse y en ser torremochanos; y en aquellos varones bastaba serlo para ser hermanos; hermanos que en la brega diaria y ruda se daban animosos mutua ayuda; hermanos que sumisos y obedientes al Párroco escuchaban reverentes, celebrando en su templo majestuoso, gala y honor de un pueblo religioso, de las fiestas los cultos esplendentes.

Templo de Dios: cuando la vez primera quise ofrecer el santo sacrificio, pusiste tu grandeza a mi servicio y me diste el altar en que ofreciera; grabado estás en mí de tal manera, que jamás olvidé tal beneficio.

Dicen que desde fecha tan notoria medio siglo las horas han sumado. Sin duda así será; mas la memoria, telescopio que acerca lo pasado, me dice que fue ayer, que es ahora mismo; ¡oh pobre corazón ilusionado por eterno espejismo!.

Y es verdad, es verdad: estos semblantes que descubre en vosotros imprecisa mi mirada, no son los que eran antes, los que animaba mi primera misa. Tenéis los rostros nuevos y flamantes los unos, para mí desconocidos; otros ya mustios los tenéis y arados por la reja del tiempo, machacados por su maza, por su humo ennegrecidos.

Pero descubro el alma, que aprisiona la carne que se rompe y desmorona, y vibra en vuestros ojos cual centella, y os conozco por ella.

Pero faltan aquí tantos amigos... seres amados fuéronse tan lejos, que de esta misa no serán testigos, ni al sonar las campanas comparecen. ¡Cómo se ajan los hombres y fenecen! los jóvenes de entonces hoy son viejos, y los viejos de ayer ya no parecen. Roguemos por aquellos que vivían y que aquí, si hoy vivieran, estarían.

Es verdad; transcurrieron muchos años con su cortejo fiel de vanidades, de ruinas, de dolores, desengaños y muerte, como puras realidades. Medio siglo corrieron los edades; y medio siglo perduró mi ausencia; pero el recuerdo, lleno de influencia de los mágicos años infantiles y los dulces ensueños juveniles, puso fuerte en los pasos de mi vida un nostálgico vivo sentimiento que mi tierra querida me daba cariñosa en alimento.

Erais mi pensamiento, que volaba dichoso a vuestro lado, y feliz se creía, soñando nuevamente que vivía las horas inefables del pasado.

Volaba con anhelos de grandeza que otros pueblos pasmados admiraran, de cívicas virtudes y riqueza que todos envidiaran; anhelos que no mueren, y que hoy también manifestarse quieren, ¿Queréis ser grandes, ricos y dichosos? Dios puso en vuestra mano los eficaces medios poderosos: sois un pueblo cristiano; tenéis tierra fecunda que en todo fruto nutritivo abunda Trabajad con ahinco en su labranza, participando alegres en la brega: pero poned en Dios la confianza, porque «no es el que planta ni el que riega el que da a la semilla el crecimiento, sino Dios» de quien somos instrumento.

Con misa y obras pías guardad las fiestas, y rezad en calma: quiere Dios que esos días descanse el cuerpo y se alimente el alma.

Sed pródigos; haced que brille el oro en la Iglesia de Dios, que es casa vuestra; y si no la enriquece vuestra diestra, no os enriquecerá vuestro tesoro.

Oíd la voz de Cristo que os predica el amor, como su último mandato. El amor robustece y unifica, y la unión nuestras fuerzas multiplica y hace posible nuestro humano trato.

Y en la ermita de todos venerada, trono de amor glorioso, donde tiene benigno y amoroso el Santísimo Cristo su morada, nos postraremos siempre confiados, clamando arrepentidos y a porfía; «Perdónanos, Señor, nuestros pecados, y danos hoy el pan de cada día.»

Lorenzo López Cruz        

 

         


         

 

 
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