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Página personal, no institucional  
sobre Torremocha (Cáceres)  
     
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Pregón fiestas del Cristo 2003

 

Actuó de pregonero D. RAIMUNDO CASTRO MARCELO, Nacido en Torremocha el 1 de agosto de 1955.

Trabaja en EL PERIODICO de CATALUNYA, el periódico base del grupo al que pertenece el EXTREMADURA, como cronista parlamentario en el Congreso de los Diputados. Es el periodista parlamentario más antiguo del Congreso, donde empezó a trabajar en 1977 para la revista GUADIANA, ya desaparecida.

Además es tertuliano del programa "24 HORAS" de Radio Nacional de España. Ha sido también columnista de EL MUNDO, tertuliano en los desayunos de ANTENA 3 TV, corresponsal político de EL GLOBO, el semanario que sacó PRISA, la empresa editora de EL PAIS, y realizó las entrevistas políticas de INTERVIU durante doce años.

Es autor de la novela LA QUEMA (1979), de la compilación de poesías escritas por políticos POLÍTICOS CON VERSO Y SIN ENMIENDA, de la biografía de José María Aznar EL SUCESOR, del libro de ensayo LA IZQUIERDA QUE VIENE y de la biografía dé José María Bandrés MEMORIAS PARA LA PAZ...

 



EL PREGÓN


(MUCHAS GRACIAS, ALCALDESA, Y CON TU VENIA)


Queridas torremochanas, queridos tonemochanos, amigos:


Permitidme que lea el pregón porque, de no hacerlo, la emoción de estar ante vosotros aquí, un día tan significado como hoy, me impediría expresarme con la coherencia necesaria. A estas alturas, hay pocas cosas que me hagan temblar. Pero ser pregonero de las fiestas de tu pueblo es como coger entre los brazos a un hijo recién nacido. Las mujeres lo hacen con la mayor naturalidad, pero a los hombres nos pone los pelos de punta.

Torremocha es, para mi, un pueblo mágico. Podría serlo sólo por el hecho de que aquí nacieron y vivieron la mayor parte de mis antepasados más próximos y porque los restos de mi placenta, mis pares, como diría mi madre, están enterrados en un rincón de la cagancha, cerca del Cristo del Humilladero, próximo al número 78 de la calle que lleva su nombre. Para cualquier ser humano, el lugar donde nace es siempre maravilloso, singular, el mejor del mundo, porque la existencia misma es el resultado de la magia del azar.

Pero no se trata sólo de eso. Torremocha es mágica, para mí, porque el cosquilleo del aire, el alma de sus piedras, el hálito de sus seres, habitan en el corazón de mi memoria y forman parte de mis sueños. Las referencias infantiles, los recuerdos adolescentes, los testimonios recibidos y la recuperación concienzuda de su historia mediante la búsqueda de cualquier alusión a su pasado en Internet, en los libros, por doquier, constituyen la esencia de mí universo creativo, de mis aspiraciones literarias. Un día, cuando tenía trece o catorce años, leí "Cien años de soledad", la mejor novela que se ha escrito en castellano después del Quijote, y, al tiempo que envidié sanamente a su autor, Gabriel García Márquez, porque escribe como quien siembra besos -no en vano acabó ganando el premio Nobel de Literatura-, comprendí que las historias maravillosas que relataba de Macondo, su pueblo inventado de Colombia, eran semejantes, incluso fantásticamente inferiores, a las que me había contado desde pequeño mi abuela María Polo sobre una Torremocha tan real para ella como mágica para mí.

Era la tradición oral, pasada de tataranietos a hijos, nietos, bisnietos y presentes, rodando por la historia como los cantos pelados del Salor. Era la fábula que adornaba el mito. Pero no era fantasmagoría. En absoluto. Mi abuela, como de seguro han hecho otras muchas abuelas torremochanas con sus nietos generación tras generación, me contó que Torremocha nació del infortunio de Torrealba, que allí, a poco más de una legua, donde está la ermita solitaria que vigila en silencio el camino de Montánchez, en tiempos remotos, había un gran pueblo. Y que ese gran pueblo fue invadido por las salamandras, que se comían los ojos de los niños o los asfixiaban en sus cunas cuando se introducían en sus boquitas sofocadas. Los habitantes de Torrealba no pudieron impedir la plaga de urodelos y abandonaron el pueblo. Y fue entonces, me contó mi abuela, cuando fundaron Torremocha.

A mí, la narración siempre me pareció alucinante hasta que, años después, leí la "Historia de Montánchez" que escribió, en 1969, monseñor Tirso Lozano Rubio, quien se describe a sí mismo en el libro como camarero secreto de su Santidad, canónigo lectoral de Badajoz, provisor y juez eclesiástico del episcopado pacense. En ese libro, cuyos datos están amparados por los archivos que la Orden de Santiago tenía en su sede de San Marcos de León, don Tirso recoge una primera referencia al lugar de Torralba en los fueros que el maestre de esa orden de los Caballeros de la Espada, don Pedro González, otorgó al partido de Montánchez el 8 de noviembre de 1236. Sin embargo, la primera alusión a Torremocha aparece en unas ordenanzas de concordia entre las villas de Cáceres y Montánchez que están fechadas en 1520, casi tres siglos después. Por cierto que en esas ordenanzas se establece la multa de 600 maravedíes, un dineral en aquella época, para quienes talasen los árboles del Monte del Coto del lugar de Torremocha y se confirma que, por entonces, los osos, los venados y los jabalíes eran abundantes en la zona porque se sanciona con mucha dureza su caza sin autorización.

Pues bien. Monseñor Lozano, en el balance final que hace de los pueblos del partido de Montánchez dice de Torremocha: "Fue pueblo de Montánchez, eximióse el 1631 y pasó al partido de Mérida; al principio del siglo XVII sólo tenía 280 vecinos... Se llamó así porque la torre es mocha o sin capitel". Y añade: "Dícese que el pueblo, DE MIL CASAS, estuvo situado en un principio donde Nuestra Señora de Torralba". O sea, que lo que contaba mi abuela lo ratificaba un obispo. No decía nada de las salamandras, pero era evidente que la tradición oral había cumplido su función. Y lo hizo acudiendo, como en todos los relatos épicos, a la metáfora.

Para los alquimistas medievales, la salamandra era el símbolo del fuego y a esa referencia acudió la transmisión oral de la historia. Salvo las iglesias y algún pequeño palacio, generalmente de mampostería, las casas, los establos, todas las construcciones eran entonces de madera, mezclada con escobas o brezos y un poco de barro informe o hecho adobe. Así que lo más probable es que la población de Torrealba abandonase la villa tras un incendio del que sólo se salvó la ermita original, al parecer restaurada en el siglo XVI. Y, como los urodelos de la piel gualda y endrina, abundan en la zona al amparo de las humedades del Salor y tienen por costumbre invadir el viejo santuario, la relación fantástica del suceso pasó de boca en boca hasta que la raíz del suceso se distorsioné definitivamente. Las propias salamandras, arrastrándose por los bordes de la pila bautismal y trepando por los altares, eran la prueba de la invasión original.

Pero mi propia abuela María, hija de comadrona, conocedora de pócimas secretas, de viejos refranes en castúo, del arte de sortear la mala suerte, tan buena cristiana como sana heredera de las supersticiones, era el símbolo vivo de esa Torremocha mágica que la memoria colectiva tiene la obligación de recordar. Me enseñó a no girar el plato cuando comía y tardé en saber que la costumbre respondía a los tiempos en que toda la familia comía en un solo cuenco. Me dijo que debía calzarme empezando por el pie izquierdo y lo hice siempre creyendo que daba buena suerte hasta que, un día, con más de treinta años, mi madre me aclaró que el procedimiento no era para mejorar la fortuna sino para combatir el dolor de muelas.

Ella misma, mi abuela María, se aplicaba su vieja sabiduría mágica. Combatió el reuma, durante cuatro décadas, colocando en una faltriquera interior de su falda, situada en el lugar de la cintura donde la enfermedad le producía los dolores, una cajita de plomo en la que mi abuelo había introducido un alacrán vivo que, como buen pastor, capturó sin problemas en el campo. Ese remedio le permitió vencer la lumbalgia desde los 40 años hasta los 83 que tenía cuando falleció. Y fue su muerte la que aclaró el misterio.

Mi abuelo Luis Marcelo murió en San Sebastián a los 86 años y mi abuela dijo que ya no quería vivir. Anunciarlo y quedarse paralizada de medio cuerpo fue todo uno. Dejó de existir en menos de tres meses.

Tengo para mí que fue su fuerza mental, y no el alacrán, la que se impuso al reumatismo. Ella creía en el alacrán y su fe hizo el milagro. Perdida la fe tras la muerte de su marido, el cuerpo se cobró la deuda con ocho lustros de retraso.

He citado a mi abuela para referir unos ejemplos elementales sobre el carácter mágico que, a mi juicio, tiene Torremocha. Pero la magia está en muchos otros sitios, a la espera de que los torremochanos la convoquen, como lo hacen, una y otra vez. Porque ¿acaso no es mágica la fiesta de la Pica? ¿No es fantástico que todas las mujeres y todos los hombres de un pueblo, tras la resurrección de Cristo, conmemoren el equinoccio de primavera, en evidente mezcolanza con las festividades paganas de la fertilidad, entrechocando con picardía sus huevos cocidos, previamente endurecidos en la olla con unos puñados de cal o cortezas de encina? Pues la Pica, la auténtica, es una fiesta exclusiva de Torremocha, aunque Salvatierra de Santiago también la celebre de rondón.

Hay algo telúrico, radical, en la magia de Torremocha. Del corazón de la tierra surgen vibraciones que se introducen en la sangre y alimentan el ánimo, la valentía, el coraje de las mujeres y los hombres, empujándoles a dar un paso más allá de los limites. Por eso los torremochanos eran y son famosos en la comarca por atrevidos, por "echaos p'alante", hasta por chulos, si se quiere. ¡Bien lo demostraron cuando aguantaron el acantonamiento de las tropas internacionales de Felipe V durante la guerra de sucesión y el de los franceses durante la guerra de la Independencia!. Unos y otros nos esquilmaron a fondo, pero resistimos incluso cuando, de por medio, nos acosaron cuatro años seguidos de sequía y una terrible plaga de langostas. Saber plantar cara a las adversidades curtió el carácter temerario de los torremochanos. Aun recuerdo, impresionado, una vez que vine de vacaciones, siendo adolescente; y me llevaron unos cuantos amigos a tomar unos vinos en Torrequemada, al día siguiente de haberles tirado al pozo los fuegos artificiales en medio de una gran trifulca. Pensé que nos iban a correr a garrotazos, pero no pasó nada. Algo de eso espíritu aventurero, mágico a su modo, tenía mi padre Fernando. "Es la sangre torremochana", me decía. Aun le recuerdo, un domingo de Carnaval, corriendo los gallos en el ejido del puente grande, subido a una mula vestida con mantas de madroños, colocándose el gorro rojo de los regulares de Marruecos, donde hizo la mili. También esa fiesta medieval, sangrienta, ya prohibida, forma parte de un pasado mágico que perece, pero que nunca olvidaré.

Pero aquella Torremocha con las calles de cantos rodados, antigua, irrepetible, dio paso a este pueblo moderno, abierto, mantenedor de ese espíritu rebelde que nos lleva a dar, siempre, un paso más allá. Torremocha seguirá modernizando, avanzará. Con la colaboración de todos, la consecución de nuevos logros, de un futuro mejor, está garantizado. Nunca perdáis la ilusión. No hay nada que temer, porque Torremocha, nuestro querido Torremocha, amigas y amigos, paisanos, jamás dejará de ser un pueblo mágico.

···••O••···


      ¡Y, bueno, vale ya de pregones, que lo importante son las fiestas del Cristo y, por encima de todo, hay que divertirse!

 


¡Disfrutad, que bien os lo merecéis!

 


¡Muchas gracias!

 

             

 

 

 

 
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